LA ASOCIACIÓN ENTRETEMINTIENDO PRESENTA EN EL “APARTAMIENTO NELKEN” Techo de (AGUA)

Techo de [AGUA]. UNA OBRA DE ALEJANDRA GLEZ Y MAURICIO ABAD. CURADURÍA: KIKI PERTÍNEZ HEIDENREICH

CENTRO CULTURAL MARGARITA NELKEN
AV. DE LOS PRÍNCIPES DE ESPAÑA, 28823 COSLADA, MADRID
DEL 2 MARZO AL 17 MAYO

En Techo de agua, la realidad no se abandona: se desplaza. La instalación de Alejandra Glez y Mauricio Abad opera precisamente en ese umbral donde lo visible se reorganiza y lo extraordinario emerge sin artificio. No hay aquí voluntad de ilusión, sino una alteración sensible del mundo tal como lo percibimos.

Entretemintiendo trae a Coslada durante ARCO una instalación interactiva con UNA OBRA DE ALEJANDRA GLEZ Y MAURICIO ABAD, que INAUGURAMOS en el Apartamiento Nelken, en la semana más importante del arte contemporáneo, con la colaboración de Concejalía de Cultura de Coslada.

“Lo real maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca

cuando surge de una [INESPERADA] alteración de la realidad.” — Alejo Carpentier

En Techo de agua, la realidad no se abandona: se desplaza. La instalación de Alejandra Glez y Mauricio Abad opera precisamente en ese umbral donde lo visible se reorganiza y lo extraordinario emerge sin artificio. No hay aquí voluntad de ilusión, sino una alteración sensible del mundo tal como lo percibimos.

Esta es la primera vez que ambos artistas construyen una obra conjunta y, sin embargo, la pieza no se presenta como diálogo entre dos lenguajes, sino como una continuidad líquida que articula un cuerpo común. Unidos por un origen compartido —Cuba—, por la práctica de la fe yoruba y por trayectorias multidisciplinares afines, Glez y Abad encuentran en Madrid —ciudad sin mar— un territorio donde esas afinidades se intensifican bajo la experiencia migrante.

La obra nace, en gran medida, de esa condición. No como tema ilustrado, sino como estructura emocional y espiritual. Migrar implica reimaginar los sistemas de sentido que sostienen la vida cotidiana. En ese proceso, el cuerpo aprende a volverse maleable y la fe, portátil. Como escribe Mauricio Abad:

“Emigrar no es tarea fácil. Uno debe reimaginarse en un recipiente completamente nuevo… ¿qué hacemos con el resto de lo que somos?”

Techo de agua se sitúa precisamente en esa pregunta. Ante la distancia del mar —elemento central en la cosmovisión yoruba y en la memoria insular de ambos artistas— la pieza ensaya una operación delicada: no traer el océano literalmente, sino activar sus condiciones de experiencia allí donde su presencia parece improbable.

Desde la tradición yoruba, la mar es entidad viva y territorio sagrado, ámbito de Yemayá y Olokun, fuerzas que gobiernan superficie y profundidad. En la instalación, esta dimensión no se representa de forma narrativa; se invoca mediante materiales y gestos precisos. La arena, las telas blancas y la proyección azul configuran un dispositivo donde lo ritual se filtra en el espacio expositivo sin necesidad de declararse.

Alejandra Glez lo enuncia con claridad:

“En esta instalación, la mar deja de ser horizonte y se convierte en techo.”

El desplazamiento no es solo espacial, sino corporal. La pieza exige que el espectador abandone la posición vertical y se recueste sobre la arena para mirar hacia arriba. Ese gesto mínimo produce una reorganización perceptiva profunda: la superficie se vuelve cielo, el techo se vuelve mar. La obra no representa el océano; construye las condiciones para que pueda ser sentido.

Bajo el signo del techo de agua, la percepción se fragmenta y la rigidez deja de ser viable. Lo público se repliega, el horizonte se invierte y la mar comienza a habitar el cuerpo como memoria activa. Esa experiencia de calma —profundamente íntima en su origen— se desplaza aquí hacia un régimen de visibilidad compartida, donde el recogimiento se vuelve también escena pública.

En el núcleo afectivo de la pieza emerge una declaración sencilla y radical: paz, calma, todo va a estar bien. Lejos de operar como consuelo ingenuo, esta tríada funciona como posicionamiento sensible frente a un presente saturado de ruido. La calma, aquí, es una práctica.

El espectador es convocado no solo a mirar, sino a disponerse. A aceptar —como sugería Carpentier en el prólogo de “El Reino de este mundo” (1949)— que la realidad puede revelar dimensiones insospechadas cuando cambian las condiciones del cuerpo y de la fe. Basta un cambio de posición, un ajuste de la percepción, una mínima suspensión de la incredulidad.

En Techo de agua, lo extraordinario no se impone: se activa allí donde el cuerpo aprende a sostener —incluso en ausencia— aquello que lo constituye.

@ALEJANDRAGLEZ_ARTIST @MAURICIOABAD @BOOMARTCOMMUNITY @ENTRETEMINTIENDO

 

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